sábado, 26 de febrero de 2011

- X -

Soy aquella a quien acude la gente con dudas,


la madre de las incógnitas


el misterio hecho carne.


Soy la salida a las mentes obstruidas.


La fantasía inconclusa que regala los minutos atrasados,


perdidos en los pensamientos.


En realidad no soy persona.


Ni vivo, ni siento.


Soy la cuna y la suave brisa que te adormece para que no sufras


Limpio tu tiempo paso a paso


para que tu mente viva vacía un día más


y respiren tus ojos aires sin penas.


Cuando las dudas marchan, yo marcho.


Ya no soy misterio, ya no soy incógnita.


Entonces vivo y siento.


Me mezo en la tormenta de mil pensamientos


y me aferro a las palabras


para que no se me lleve el viento.


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- IX -

Un monstruo, una aberración. Formado por miles de esferas húmedas, jugosas y palpitantes. Creaban todas ellas una figura alargada y delgada, de brazos largos. En la cara llevaba una máscara con dos enormes huecos donde deberían estar los ojos y una sonrisa cadavérica. Todo esto sin llegar a parecer una calavera, pues la máscara era mas redonda y claramente plana. En una de sus manos llevaba dos hilos de los que pendían otras dos esferas capaces de alzarse a la voluntad de la criatura que las llevaba atadas.
Estas últimas le servían para poder ver a través de muros y en los pisos mas altos. Podían colarse a través de rendijas lo suficientemente anchas y volver a su dueño con rapidez. Cuando tienen que observar, giran sobre si mismas y se tornan dos esferas de un blanco lechoso y pringoso.


Si le haces saber que sabes de su presencia, rompes su aura de sigilo y puedes provocar una ira incendiaria que te perseguirá hasta que su grito agudo esté a un centímetro de tu oreja.


El monstruo simplemente mira, pasea con sus largas piernas y vigila. Vive en otra fase, siempre cerca de nosotros, y solo lo verás cuando estés a punto de dormirte y por una mala jugada de tu mente abras los ojos antes de cerrarlos para volver apaciblemente al mundo de los trucos de tu mente. Creerás que es un sueño, una mala alucinación, pero está ahí.
Mejor sigue durmiendo.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

- VIII -

Alea era mi vida, su sonrisa lo iluminaba todo.
Entre sus brazos me acunaba, me negaba a sentirme solo.
Por su alegría la amaba
Pero ahora se que solo jugaba a buscar sus esperanzas en otros.
Como una maldita absorbió mi alma.


Ahora se que tras su sonrisa se ocultaba la culpa.
Pues cuando el sol se ponía, mi niña era atormentada.


La pequeña Alea soñaba sueños dulces con hebras de oro
Iluminaban su camino, y entonces la luz se apagaba,
Su perra, Suerte, le daba la luz de sus ojos
Cuando el sol surgía, Alea anunciaba con su dulce tono:
“Esta noche otra hebra de oro se ha roto”
Y era feliz de nuevo, volvía a iluminarlo todo.


Al ponerse el sol, mi vida cambiaba.
Volvía a ser la dichosa Alea amargada.


Un día la descubrí, ahogada en sollozos
“He buscado las hebras de oro,
En mi pecho he buscado el calor y solo he encontrado un demonio,
Me cierra los ojos con sus garras de oro.”


“Mi Alea, alma mía, yo te daré el calor de mi vida.
Lucharé contra tus demonios, ya sea o no uno solo.
Tus sueños ya no serán de dulzura y tormento.
Permíteme entrar en tu pecho”
Y al mirar donde debiera estar su corazón encontré una gran herida
Pude ver como la triste Suerte la lamía.


Yo desesperado, Suerte rendida, y ahora era Alea quien sonreía.
Por el ventanal despuntaba el calor del día, y ella anunció en su dulce tono:
“Esta noche otra hebra de oro se ha roto”

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lunes, 13 de diciembre de 2010

- VII -

La feria del fin del mundo.


Levanté y vi por mi ventana como en pleno centro del pueblo un grupo de gente se dedicaba a montar una feria fantástica, llena de tenderetes de color blanco, con una sola atracción, una pequeña y hermosa noria justo en el centro. Los creadores parecían ignorar a la multitud congregada alrededor de esa obra que aportaba novedad y sorpresa a un lugar dónde la rutina era la guía de todas las vidas que en el habitaban.
Me vestí y salí corriendo para unirme bajo el día soleado. Contemplé como los trabajadores luchaban contrarreloj por levantar la feria, ausentes de lo que les rodeaba. Cuando atardeció, retiraron con magnificencia y sin presentación alguna las vayas multicolor que prohibían el paso, invitando a entrar a todo aquel que lo deseara. Niños, adultos, jóvenes, ancianos… Todos entramos emocionados y pudimos disfrutar de un maravilloso espectáculo de colores y de gente que paseaba haciendo contorsionismo, otros dándonos caramelos, payasos sacándonos carcajadas cuando menos lo esperábamos, acróbatas... Fue como un aliento de vida.


En los tenderetes los artículos mas extraños y fascinantes, e incluso podías probar comidas de todas partes del mundo, seguramente con recetas regaladas de los mismos miembros de la gira, que eran de los lugares más dispares. Chinos, Árabes, Indios, Noruegos, Ingleses, Japoneses, Latinos, Españoles… Algo que nos resulto casi de los más impactante, ya que siempre fuimos una comunidad algo aislada, y tanta heterogenia nos resultó emocionante.


Al llegar las 8 todo paró, y de entre la gente salió un hombre trajeado con colores extravagantes. Se escucharon susurros y alguna que otra exclamación cuando el personaje empezó a trepar por la noria con la agilidad de un gato, para desde su cumbre, invitarnos a entrar a la más grande de las carpas. Una mole de tela fina blanca como el marfil, que reflejaba la luz del atardecer como si fuesen fuentes de oro. Como guiados por una sola conciencia, nos dirigimos a ese lugar lo bastante grande cómo para acogernos a todos.


Igual que comenzó la feria, comenzó el espectáculo. Todos aquellos miembros que vimos volteando por la feria se reunieron allí y pudimos disfrutar de las mas complejas figuras y acrobacias que nos robaron el aliento.
El momento culminante llegó cuando la pista quedó vacía, y en ella, a paso tranquilo apareció una pareja vestida con unos hermosos trajes a juego. Una vez en el centro, comenzaron a bailar.
Suaves movimientos hipnóticos, una dulzura inexplicable en sus gestos y, como sin quererlo, cada vez unos giros más y más vertiginosos. No podías apartar la vista de ellos. Fue lo más hermoso que he podido contemplar nunca. Una vez terminaron se fueron con el mismo paso con el que habían llegado.


Cuando reaccionamos después de unos minutos del ondulante hechizo de los bailarines, esperamos a la siguiente sorpresa circense… pero no llegó. La gente comenzó a abandonar la carpa, entre enfadados y conmocionados sin saber bien que había sucedido. Y desde mi asiento de la tercera fila, al norte de la instalación, comencé a escuchar gritos.
Todos salimos en manada hacia el exterior, y lo que vimos fue mas impactante que la llegada de los forasteros. Nuestro pueblo, hasta nuestro horizonte, se habían convertido en una extensión arrasada que solo contenía los esqueletos chamuscados de lo que fueron nuestros hogares.


Ahora vivimos en la feria. Aquellos que la trajeron desparecieron, como si nunca hubiesen estado, pero nos dejaron toda su instalación, que sin saber porqué, sigue tan blanca e inmaculada como el día que la instalaron. Queremos saber, pero tememos.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

- VI -


El Mar de Fuego y Plata.



A'balana, mi tierra de fuego y plata. Nos acogió hace eones, o siglos, o días y nos envuelve con su arena que parece hecha de espejo y que refleja la luz de nuestro brillante sol, cegandonos y haciendonos mantener ocultos mientras el día dure en nuestros refugios. Estos los tenemos escavados en la montañas y las cimas de nuestro pequeño valle. Fueron excavados por nuestros antecesores, y disponemos de todas las comodidades para sobrevivir. Durante años hemos trabajado en ellos, aportando cada vez mas niveles bajo tierra para poder acoger a una población cada vez mas numerosa. ¿Porqué no nos extendemos más allá del horizonte? De noche, nuestro ardiente mar se torna calmo. Refleja la luna mostrando nuestros reflejos a nuestro pies y el suave viento del sur nos invita para andar más allá de las magníficas entradas de nuestros hogares, ya libres del ardiente sol. Pero la calma nos hace confiados, y embobados por nuestro reflejos el viento inesperado del norte nos envuelve en una bruma brillante, y, como en un espejismo, creemos ver la seguridad de la comunidad, cuando en realidad, al querer dirigirnos a ella, nos dirigimos al reflejo que está situado a quilómetros. Este viento inesperado nos aterra, pues a muchos a arrancado de la mano de sus seres queridos. Todos aquellos desgraciados con la suerte de volver, han regresado tan ausentes en espiritus que ni tan siquiera nuestra medicina ha podido volverlos coherentes. Narran historias increibles, sobre tierras húmedas y fertiles, que les arrancan la respiración. Historias de monstruos abominables que los persiguen. Y ellos son los que han tenido suerte, la mayoría nunca vuelve.




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domingo, 10 de octubre de 2010

- V -

Y por fin llegó el día. Llevaba preparándolo unos tres meses, que aunque pudiesen parecer un período relativamente corto, a él le habían resultado eternos. Se levantó de la cama y apagó la alarma del despertador unos segundos antes de que empezara a sonar. Luego se vistió, y colocó bien las sábanas como hacía cada mañana. No quería levantar ninguna sospecha, por eso debía actuar sin variar un ápice sus costumbres. Se dirigió al comedor, donde le esperaban un bol de leche y una caja de cereales por estrenar. “Buen comienzo” pensó mientras se le esbozaba una sonrisa en los labios. Le encantaba abrir los paquetes de cereales.
Abrió la puerta del copiloto, se sentó y se abrochó el cinturón. A causa de su altura, la cinta negra le rozaba molestamente el lateral derecho del cuello. Pero podía soportarlo, por supuesto, no era nada comparado con el dolor que llevaba sufriendo la mayoría de las noches desde hacía varios años. La pierna le temblaba de impaciencia, mientras esperaba que sus padres acabaran de besuquearse. Los segundos se le antojaron infinitos, hasta que finalmente ese cabrón encendió el motor. Evitó mirarlo, y se aferró a su mochila azul y roja de los Looney Tunes. Cuando pensaba que ambos compartían la misma sangre, se le revolvía el estómago. El coche rugió, y se dirigieron hacia la salida de la ciudad. Una vez en la autopista, su padre le golpeó con los dedos en el hombro y le indicó con los ojos que encendiese la radio. Bajó la mirada, y una punzada semejante a la de una aguja al rojo vivo le hizo estremecer. El ano le ardía sobremanera esa mañana. Maldito cerdo. Seguro que ya le volvía a sangrar. Alargó la mano sin mirar el aparato, y pulsó el botón de encendido. Los Beatles, dios, otra vez. Cómo los odiaba, cómo lo odiaba todo. Su padre tarareaba, distraído. El velocímetro rozaba los 110 kilómetros por hora. Las pocas dudas que le quedaban se desvanecieron en un instante.
- Papá… - desabrochó ambos cinturones, uno con cada mano.
- ¿Pero qué coño…?
Se lanzó hacia el volante, y lo hizo girar con todas sus fuerzas. Su padre pisó el freno, aunque en vano, ya que el coche se encontraba a pocos metros de los bloques de hormigón que sí lo frenaron por completo. El frío y agudo beso del cristal en su frente le pareció un alivio. El ardiente abrazo del asfalto en su piel le pareció una cálida bienvenida. Y la rueda del camión que los aplastó, le pareció una bendición.

viernes, 1 de octubre de 2010

- IV -

Le gustaba mucho el chocolate, tanto que pasaba todo el día comiéndolo. Cuando iba a hacer la compra, procuraba contar con todas las marcas disponibles. Los huevos y la leche eran secundarios.

Su mujer ya estaba harta. En su despensa apenas había nada comestible que no tuviese un alto contenido en azúcar y un tanto por ciento de cacao. Por mucho que le gritara, su marido no cesaba en su obsesión. Se estaba volviendo una situación insostenible. A causa de sus hábitos, él apenas cabía en la cama. Ella recordaba con nostalgia cuando se casaron, como hacían deporte  juntos, sus noches apasionadas. Era  desesperante, ahora ni siquiera podía mirarlo a la cara. Lo amaba, sí, pero su enorme cara de pan aceitoso, antes con unos rasgos masculinos y marcados, le revolvía el estómago. No se consideraba una persona superficial, pero eso la superaba. Él la quería con locura, casi tanto como al chocolate (aunque hay una laguna en esa suposición) y la deseaba casi tanto como a la crema de cacao, pero ella no se le acercaba.

Un día, la amante y desnutrida esposa decidió hacer un sacrificio por su marido el día de su aniversario. Regalarle una noche de placer. Para ello se tumbó en la cama totalmente desnuda <<Mi amor, soy toda para ti. Te amo, hazme lo que quieras>>  a continuación se vendó los ojos.
El no pudo contener una erección instantánea y su mente comenzó a hervir de deseo  <<hazme lo que quieras>>. Ella estaba tan deliciosa y sugerente como una barrita de Toblerone, pero le faltaba algo.
Entre la amalgama de ideas sucias de su mente se vislumbró el resplandor de una lucecita. Fue corriendo a la cocina, se quedó atascado en la puerta pero era ya algo normal así que se desencajó y logró coger un tarro tamaño industrial con crema de chocolate con leche.

Fue a la habitación y comenzó a recubrir sensualmente a su mujer con el ungüento. Ella se estremecía con las caricias imaginando que era el hombre que un día fue. Una vez totalmente recubierta, la empezó a lamer centímetro a centímetro, pasó a esas manos que tantos buenos momentos le habían regalado, o dios, como le excitaba eso, como le abría el apetito.  Comenzó con mordisquitos que a ambos divertían y excitaban, hasta que al fin se entregaron ambos a sus pasiones. 

Ese fue el día más feliz de su vida. Al fin pasó una noche con su mujer, y probó el mejor chocolate del mundo “chocolate con amor”. Su mujer se divorció, el hecho de que su marido se comiera uno de sus brazos fue la gota que colmó el vaso.   


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